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El mal endeudamiento o el nuevo sobreendeudamiento

04/04/2018, El Economista, Luis Javaloyes

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Ahora que vuelven los tiempos en que el consumo tira con fuerza de la economía, a la par que lo hace su financiación, quizás llegue el momento de hablar del mal endeudamiento que es, por decirlo así, el nuevo sobreendeudamiento.

¿Qué es peor para una economía familiar, mucha deuda o mala deuda? Es bien cierto que el exceso nunca puede ser bueno, pero también lo es que la salud financiera personal puede estar muy enferma con poca deuda si está mal organizada; mucho más que aquella otra en la que el ratio total de deuda es superior, pero es deuda contraída con sentido común. Por poner un ejemplo, comparemos a una familia que tiene una hipoteca y un crédito para un coche con una deuda total de 220.000 euros (200.000 de hipoteca más 20.000 del vehículo), con otra unidad familiar que aplaza por sistema los importes de varias tarjetas de crédito además de tener suscritos, de manera dispersa, otros préstamos, por importe total de 40.000 euros.

La primera familia debe más, pero el interés es mucho más bajo y el plazo sustancialmente más largo; y así puede dedicar cada mes la mitad de dinero que la segunda a devolver créditos. Y, por eso mismo, la segunda familia hay meses que no puede hacer frente a todos sus compromisos de pago.

Esto es así porque la proliferación de oferta crediticia no tradicional (micro y mini créditos, créditos rápidos, preconcedidos, revolving, etcétera) no ayuda a tener un endeudamiento ordenado, y el hecho de no serlo lo convierte automáticamente en endeudamiento malo; y cuando digo malo me refiero a pernicioso, peligroso y muy doloroso a medio plazo.

Endeudarse mal es distinto que endeudarse mucho. Es no aplicar criterio alguno a la fuente de la financiación, al uso del dinero obtenido, a su coste y a la manera en que hay que devolverlo.

Es el endeudamiento que origina el efecto bola de nieve, que comienza con impagos aislados que generan de manera automática nuevos intereses a precios desorbitados (por encima del 25 por ciento); y si con precios estándar hay dificultad para pagar, con la deuda recapitalizada, intereses y demás comisiones el desastre financiero está asegurado. Y sí, se puede perder la casa por impagar las aparentemente inocentes cuotas del aplazamiento de la tarjeta de crédito.

Lo cierto es que con el consumo creciendo fuertemente y con el miedo a la crisis ya olvidado, para muchas personas resulta imposible resistirse a esas deudas pequeñas, a privarse de esos caprichos, esos "tengo que tenerlo, sí o sí". Y mucho cuidado, porque acudir a la llamada de esas ofertas de crédito no supone necesariamente que estemos incurriendo en sobreendeudamiento, sino en mal endeudamiento, que no es otra cosa que a qué dedicamos el dinero que pedimos prestado. Como dicen en América, "la plata prestada no es para fiestas".

Todos conocemos a alguien que paga a plazos la comunión de la niña, las vacaciones en Punta Cana, además de las compras de Navidad (incluyendo el marisco, el cordero, el cava y el turrón), los gastos de la vuelta al cole y, por qué no, el último smartphone, además, por supuesto, de todas las compras de rebajas, ya sean de enero o de agosto. ¿Cómo no llegar a un punto en el que no se sabe cuánto se debe, a quién, y qué cantidad habrá que dedicar a aplazamientos el próximo mes?

Lo cierto y verdad es que las entidades bancarias no se preocupan demasiado de la calidad del endeudamiento de sus clientes, más bien, únicamente, de la cantidad. El banco, cuando pedimos un crédito, comprueba cuánto de endeudados estamos (a través del Cirbe), pero no cómo. Mira hasta dónde está lleno el vaso de la deuda, pero no lo que hay dentro del vaso. Y muchas lágrimas se ahorrarían si estuviéramos dispuestos a dejarnos aconsejar al respecto. Llevamos camino de que el mal endeudamiento sea tendencia, ahora que de la crisis parece no quedar ni un recuerdo efímero. Avisados estamos.

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