No es incultura financiera, es incultura general.

Esto de la falta de cultura financiera de la población no es de ahora; si ahora ha vuelto a echarse en falta ha sido por el tsunami judicial vivido en los últimos años, resultante, a su vez, de la crisis económica.

También es cierto que las entidades valoran cada vez más, e incentivan, la cultura financiera de sus clientes. La llegada de la tecnología a las relaciones de los bancos con sus clientes tiene su parte de responsabilidad.

Sea como fuere, la futura Ley que regulará los contratos de crédito inmobiliario llegará para proteger al consumidor de aquellas cuestiones en sus relaciones con el banco en las que la balanza tendía a inclinarse hacia el bolsillo de la entidad. Bienvenidas sean esas normas, que serán buenas para los clientes, pero también lo serán para los bancos, que se verán forzados, de verdad, a competir con productos y servicios mejores y más baratos que los de su vecino de sucursal.

Sobre lo que no se llama tanto la atención es que la falta de cultura financiera le cuesta mucho dinero a los ciudadanos en otros ámbitos; y ya va siendo hora. Por decirlo de manera sencilla: la comodidad con que se siente el Estado, respecto, por ejemplo, la declaración de la renta; o los Ayuntamientos con el IBI y el nefasto cálculo de los valores catastrales; es, en fin, la mórbida obesa Administración en su conjunto y su implacable obsesión por exprimir al ciudadano hasta dejarlo al borde la transfusión. Al menos los bancos tienen quien los controle, pero al Estado, a los Ayuntamientos, a la Administración en su conjunto, no; bueno, sí, el día de las elecciones, pero también para eso el que recibe el voto quiere que quien lo deposite sea un cateto sin criterio sobre las cosas que le afectan.

Así que no les interesa que la gente tenga cultura financiera; ni financiera ni general, por eso me refiero a este asunto no como “incultura financiera” sino incultura general.

En todo caso, y al final, tanta transparencia bancaria puede servir de poco si los consumidores siguen sin saber que dos más dos son cuatro, por mucho que el notario insista al suscriptor de una hipoteca sobre si entiende los términos en que se firma. Por eso acaso la importancia de que la Ley sea tan exhaustiva y tan meticulosa, y de que los bancos se comprometan con su cumplimiento, precisamente para proteger al que no sabe; ni sabrá: nos quejamos de que nuestros estudiantes de secundaria no entienden los distintos conceptos que integra una simple factura, mucho menos de hacer el cálculo de un tipo de interés simple; pero es que no es eso. Es que no se puede aspirar a que haya cultura financiera cuando uno de cada tres estudiantes de secundaria cree que el Sol gira alrededor de la Tierra.

Si no aprendemos a sumar (aunque sea derechos), mal podremos aprender a restar (quizás ciertos abusos).

Luis Javaloyes,
CEO de Agencia Negociadora

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